El Varal de la tradición

 

 

Tras varios años con la idea en mi cabeza, he querido montar una pequeña exposición devocional en la capilla de nuestra patrona la Virgen de Grijasalbas con la intención de que sea una muestra etnográfica permanente y apéndice del museo Ecclesias Albas. Ha sido realizada de una forma altruista durante los meses de confinamiento a causa de la pandemia del Covid 19. Me gustaría que la exposición sirva como homenaje a mayordomas y danzantes que han mantenido año tras año una tradición que se ha visto rota en esta ocasión por la citada pandemia.

La intención es mostrar mantos y alhajas que generosamente fueron donados a la Patrona por algunas de sus camareras y que forman parte de su ajuar. A su vez, no podían faltar en esta muestra sus danzantes a través de una representación de vestimentas y aparejos antiguos que se completará con aportaciones voluntarias de los vecinos que así lo deseen.

En un rincón de la sala se iza un mástil coronado con la estampa de la Virgen que simboliza el trenzado de cintas que se perdió muchos años atrás y del que me dio testimonio hace décadas el «tío Bernardo» siendo él ya anciano. Esta vara que he titulado “Varal de la tradición” sirve como soporte donde los danzantes pueden anudar una de sus cintas a modo de recuerdo u ofrenda, como los exvotos que los antiguos hacían a la Virgen en cumplimiento de una promesa o en agradecimiento por un favor recibido.

Por limitaciones de espacio, en esta muestra faltan algunos personajes que han sido raíz y sustento de ese árbol antañón de tradición que es la danza de Villafrades y que quiero destacar en este artículo:

 

NATALIO CUADRADO (Tamborilero) era zapatero remendón y también trabajaba como asalariado en faenas del campo. Según decían los más ancianos, el tío Natalio era un excelente redoblante que hacía hablar el tamboril. Fue durante muchos años compañero habitual de Simón de la Rosa un dulzainero de Herrín de Campos que junto a su padre, siendo un niño ya tocaba a la danza en el siglo XIX.

En una foto de 1913 aparece posando junto al grupo de danzantes con el tambor de milicias que el Ayuntamiento había comprado para los bandos. Era uno de esos tambores anchos de cuerdas utilizados para la música en entornos militares que se adecuaba para el evento. Cuentan que, durante algunos episodios de la Guerra Civil como la toma de Bilbao y Málaga, los flechas y reclutas que se incorporaban a filas se manifestaron en esta villa llevando en un carro a Natalio para que acompañase sus canciones de marchas patrióticas mientras eran obsequiados por las autoridades con galletas, vino, gaseosa, licores y tabaco, como parte de la propaganda política de la época.

Natalio tocó para la danza de Villafrades, y para otras de pueblos próximos, hasta el año 1930 en que falleció su compañero Simón, aunque siguió participando en otras fiestas de cofradía o de regocijo que hubiera en la Villa.

 

HIGINIO VALVERDE (Danzante) provenía de una familia de herreros y músicos de larga tradición en Villafrades, los Valverde, pero como era un pueblo pequeño, y no daba para más de un herrero, se fue a ejercer el oficio a Boada al igual que sus primos Agustín (buen clarinetista) a Vega de Ruiponce, e Isaías (que tocaba la caja) a Saelices de Mayorga.  “Ginio” es recordado como un buen bailador y danzante, no solo paloteando, sino también en las mudanzas con castañuela que acompañan pasacalles, contradanzas, y alboradas.

“Ginio” regentaba en esa localidad el salón de baile “La Alegría” donde solía invitar a dulzaineros y músicos amigos a dar conciertos. Él también tocaba el clarinete y algo la dulzaina, por lo que era muy solicitado para las fiestas de cofradías. Su simpatía hizo que se le sacase la siguiente coplilla:

“La torre de Boada
se está cayendo
y Ginio con su clarinete
la está sosteniendo”.

Aunque estuviese fuera siempre tenía reservado un puesto de guía en el grupo de danzantes y el cariño y añoranza que tenía hacia su pueblo hizo que nunca perdiese la vinculación con la danza.

 

JUAN CUEVAS «GALINDO» (Dulzainero) fue un músico formado que además de dulzainero, que tocaba de zurdas, ejerció como director de la banda de su pueblo (Villada). Desde el principio entendió muy bien los hábitos y costumbres de esta villa con marcado carácter, mezcla de lo religioso y profano, lo que garantizó los toques durante muchos años.

Galindo estuvo vinculado a la danza de Villafrades hasta el año 1948, año en que acompañó a los danzantes al famoso concurso de arada de Valladolid donde tocó el pasacalles que hicieron desde la iglesia de San Lorenzo hasta la ermita de San Isidro. Al año siguiente, en 1949, falleció de forma repentina.

El corpus de tonadas y danzas antiguas recopiladas con las que formó el repertorio del grupo de Coros y Danzas de Villada le otorgó mucha fama. En el apartado de pasacalles del libro Danza de Palos de Villafrades están recogidos algunos de los ritmos quebrados de 7/8 de su repertorio, que solía improvisar tocando también canciones de moda.

Galindo comenzó a tocar la danza en el año 1931, acompañado a la caja por su hijo Benito, cobrando 140 pesetas. A pesar de ser el dulzainero con la tarifa más elevada, sus servicios fueron requeridos en Villafrades hasta el año de su muerte. Durante los tres días de la función hacía todo el repertorio de los danzantes además de amenizar los bailes del «papelucho» en casa de las mayordomas, y participaba en las misas y cantos de la salve, en unas maratonianas jornadas en las que terminaba extenuado sobre una trébede que era su cama favorita. El dulzainero hacía valer su condición de buen músico y así en el año 1943 exige al Ayuntamiento le pague 300 pesetas libres de todo gasto “…por todos los trabajos de usos y costumbres” además un plus del dinero recaudado por los danzantes por tocar la alborada del segundo día y los lazos dedicados a la salida de misa.

Quienes le conocieron afirman que sus últimos años fueron los mejores como dulzainero. Aún hoy día es recordado con cierta añoranza en este pueblo, sobre todo la última etapa tras permanecer unos años preso durante la Guerra Civil. Cuando fue puesto en libertad presentaba una visible cojera, por lo que a veces se le hacía imposible seguir el ritmo de los jóvenes danzantes y cuando esto ocurría les volvía con una zapateta.

Alborada de Galindo (pista extraída del CD de la Danza de Villafrades):

 

CELESTINO RAMOS «CELES» (Asesor musical) fue una persona entrañable y llena de sabiduría que nos contagió de su entusiasmo e interés por la danza. En su día aportó datos muy interesantes para documentar el libro de la danza de Villafrades. Era “Celes” una persona muy formada pues estando a punto de ordenarse sacerdote en el seminario de Valderas enfermó y tuvo que retornar a casa ejerciendo el oficio de cartero y de forma ocasional como ayudante de secretario del Ayuntamiento. Siempre se recurría a Celestino cuando venía algún músico que desconocía las melodías que requería el protocolo y éstos se sentían más seguros teniéndole al lado. En una carta existente en el archivo municipal el dulzainero Enrique Amo hace esta mención: “…que sea ese chico, el cartero, quien nos facilite las partituras”. Mucho trabajo tuvo sin duda cuando llegaron las orquestas que no estaban acostumbradas a estas tradiciones y desconocían no solo las melodías, sino los ritmos que estas requerían.

Fragmento de entrevista realizada por Rafael Gómez en el año 1989 a Celestino Ramos:

 

FLAVIANO GORDALIZA (Maestro de danzas) formó parte de una familia de danzantes y maestros de danza durante varias generaciones. Era un hombre muy exigente y de una prodigiosa memoria de quien aprendimos muchas melodías de pasacalles de danzantes, alboradas y valseados de los distintos dulzaineros que le habían tocado en su época. En los años cuarenta y cincuenta recibió el encargo del alcalde y maestro D. Manuel Esteban de enseñar las danzas a las mujeres del grupo flechas de Villafrades para que participasen en los concursos de la Sección Femenina en los que quedaron finalistas en el año 1950. El jurado destacó la precisión y temperamento a la hora de interpretar la danza.

Grabación del lazo Los Oficios realizada por Gloria Pastor en el año 1977 a los hermanos Flaviano y Severiano Gordaliza:

 

Conocí a ELÍAS MARTÍNEZ (Dulzainero) allá por los años ochenta en Urueña, cuando la danza estaba en una etapa de decadencia musical por falta de dulzaineros que conociesen el repertorio. Era entonces un joven dulzainero formado de la mano de Lorenzo Sancho que había conseguido destacados puestos en concursos de dulzaina desde sus comienzos.

Interesado por las danzas de Villafrades al tener algo de conocimiento acerca de las mismas por su propia experiencia como danzante en su pueblo natal (Villanubla), le proporcioné unas partituras que me facilitó mi prima Gloria Pastor, realizadas de una grabación hecha a Flaviano y su hermano Severiano, el sacristán, y con ellas aprendidas la documentamos para el Centro Etnográfico de Urueña a través de una grabación que realizó Antonio Sánchez en el año 1990, con una cuadrilla formada para tal evento. Desde entonces, Elías, con su grupo “la Charambita”, es asiduo en este pueblo y pese a ser muy solicitado para procesiones, fiestas y danzas tradicionales por todo Castilla y León mantiene en su agenda la fiesta de Villafrades en lugar preferente.

 

ALPINIANO HERRERO «ALPI» («Chivorra») es uno de los últimos bastiones de nuestra danza. Durante los más de diez años que ha portado la vara de «chivorra» ha dirigido y formado muchas cuadrillas y generaciones de danzantes.

La emoción que transmite con sus versos es insuperable y los convierte en un acto de deshago emocional colectivo, pues conmueve y emociona a toda la concurrencia. Su pasacalles preferido: La chaparrita.

Fragmento del verso a la Virgen de Grijasalbas durante la procesión de Villafrades en el año 2019:

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