El tío Galindo, un dulzainero inolvidable

Aunque sea un desconocido fuera de Tierra de Campos, Juan Cuevas Gago fue un excelente dulzainero, y por esta comarca los más ancianos hablaban maravillas de él. Hoy desgraciadamente viven muy pocos que le recuerdan, pero aún así hemos recogido testimonios en algunos pueblos de la zona. En Villada, donde nació, aún vive José Luis Herrero un longevo y anciano músico quien aprendió a los 11 años sus primeras notas de la dulzaina de la mano de Galindo, pero le tiró más el saxofón hasta que pasados los años, en 1985, volvió a la dulzaina. Nos cuenta la tristeza que le produjo la muerte de Galindo en 1949 y recuerda aún la marcha fúnebre que le dedicó la banda el día de su entierro.

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Y viene a cuento lo de Galindo, del que ya he escrito en otras ocasiones, porque hace unos días, después del homenaje a un dulzainero en Herrín de Campos, Sebastiana Gordaliza me decía con cierta pena que cómo era posible que no se le hubiera hecho un homenaje a Galindo y me contaba que, siendo niña, recordaba el año que dio la función mi abuela Victoriana, y acordarse de verle destrozado y tirado sobre la trébede, después de haber dado la alborada y tocado la secuencia de lazos que se realizan después de la misa del segundo día de fiesta (“romper los palos”). La trébede era su cama preferida y como las mayordomas tenían que dar alojamiento a los músicos siempre solicitaba este preciado camastro.

La alborada daba comienzo al despuntar el día y los danzantes recorrían todas las casas del pueblo echando lazos dedicados a la puerta de cada vecino que lo solicitaba recibiendo por ello sus buenas propinas. La cuadrilla de danzantes y el chivorra iban bailando una melodía que según Flaviano Gordaliza ejecutaban con un paso similar al que realizan las danzas de otros pueblos (describía entre habas y punteado) y nos tarareó su melodía.

Alborada de Galindo. Grabación realizada a Flaviano Gordaliza por Rafael y Marta Gómez:

Galindo era uno de esos dulzaineros terracampino perfectamente identificado con las costumbres y tradiciones de la zona. A la vez un enamorado de esas danzas de paloteo y lo que significaban para sus habitantes, lo que le sirvió para garantizarse los toques de muchas poblaciones durante décadas. Había cursado estudios musicales en el Conservatorio de Valladolid y además dirigía la banda de su pueblo donde también tocaba diversos instrumentos. Por ello no nos debe de extrañar que fuera el dulzainero que más alta tenia su tarifa, además de ser poco dado a compartir los toques y melodías que le cantaban algunos vecinos de esos pueblos que anotaba en una libreta que siempre llevaba consigo. Tonadas que en su mayoría compusieron luego el repertorio del grupo de la Sección Femenina de Villada que tanta fama le dio.

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Galindo (primero de la izquierda) y el grupo de danzas de Villada en el teatro Calderón. Año 1944. Foto: Carlos Porro.

Precisamente hace un par de años rebuscando datos en el Archivo Municipal encontré que llegó a Villafrades, sustituyendo a Simón de la Rosa, en 1931 percibiendo por sus servicios 140 pesetas. Se mantuvo como dulzainero oficial, acompañado de su hijo Benito a la caja, hasta 1948 salvo unos años que estuvo preso. Me interesó mucho una carta que Galindo había dirigido al alcalde en 1943 solicitando una cantidad a los danzantes de lo que estos sacaban durante la citada alborada y los lazos del segundo día. Reunida la Corporación la contestación no se hizo esperar y le reenvía esta carta:

“…Carta a Galindo: Muy señor mío en contestación a su atenta a seis de los corrientes en la que estipula las condiciones en que vendría a amenizar la fiesta de Nuestra Señora de Grijasalbas en el año actual me es grato comunicarle que el Ayuntamiento de mi presidencia en sesión del día 15 del mes en curso aun pareciéndole elevado el precio que usted fija de 300 pesetas libres accedió aceptar el que venga a amenizar la referida fiesta en dicha cantidad pero incluidos en dicha cifra todos los trabajos, usos y costumbres de siempre, es decir que los trabajos del segundo día por la mañana y después de misa que en la suya dice se les abonen los danzantes queden pagados con las 300 pesetas antes dichas puesto que no hay razón para elevar 50 pesetas como hace sin que haya cambiado en nada la intención en nómina del año pasado a este y por otra parte como la danza no se halla formada aún y no se ha podido tratar con ella tal asunto, además de que apenas sacaría para pagarle, sería lamentable que llegado ese día usted no se entendiera con ella y tuviéramos disgustos sin ninguna necesidad en el pueblo. Por tanto, si le conviene puede venir en las 300 pesetas, pero como ya se dice, con las mismas obligaciones que en años anteriores”.

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Galindo tocando en la procesión de Villafrades en su segunda etapa. Archivo: R.G.P.

La explicación a esta manera de obrar del dulzainero Galindo con estos montantes de sus emolumentos tiene su justificación, pues desde su juventud no tuvo una vida nada fácil. Cuenta Carlos Porro que “…en 1896 al ser llamado a quintas fue exento como hijo de padre pobre y sexagenario e impedido, preguntado si existía la misma causa que el año anterior, manifestó que sí y pasado reconocimiento facultativo este dijo que se halla padeciendo una parálisis, teniendo otro hermano se halla amputado el muslo derecho por un tercio superior al hermano de dicho mozo Telesforo Cuevas Gago, por cuya razón el ayuntamiento oído el parecer síndico le declara temporalmente excluido”

No se libraría del servicio militar, pues un año después fue declarado apto, cumpliéndolo en San Quintín de Valladolid y formando parte de su banda siendo un destacado componente de la misma y quien dicen conseguía sacar notas en la corneta que ninguno antes había podido lograr.

Era un dulzainero que tocaba de zurdas y había comenzado siendo un mozuelo amenizando los bailes de dulzaina en su pueblo para entretener al personal. Una anécdota muy curiosa de estos bailes de sus inicios es el incidente ocurrido entre los mozos villadinos y una cuadrilla de jornaleros gallegos que habían acudido a la siega y se habían presentado en el baile para divertirse. Se preparó una reyerta donde fueron apuñalados varios segadores, falleciendo uno de ellos a manos de su propio redoblante. Citado a declarar; y como Galindo vacilase y se contradecía en la versión de los hechos, el presidente del tribunal le espetó una frase muy ingeniosa: “…Que no se equivoque la dulzaina, aquí necesitamos la verdad pura y es preciso no confundir los toques, vengan aires del país o sea toques estrictamente verdaderos”.

Tras la guerra civil fue encarcelado por sus ideas políticas. En su dura estancia en la prisión, como hiciera Marazuela, mataba los ratos deleitando con su dulzaina la estancia a los demás presos, y eso explica el que en la etapa posterior a su cautiverio cuentan que causaba admiración y dejaba impresionadas a las gentes con su excelente sonido. Tras su estancia en prisión apareció bastante demacrado y con una cojera que se había producido jugando al juego del chorro morro o garbancito con los demás presos. Debido a su cojera se fatigaba mucho y como no podía seguir a los danzantes durante los pasacalles les daba la vuelta con una zapateta y les mantenía con una contradanza hasta llegar a ellos. Me contaba Flaviano Gordaliza que una vez en una de éstas al hacer la zapateta dio un puntapié Epifanio Gordaliza a la dulzaina de Galindo que salió disparada ante el jolgorio de los demás danzantes.

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Galindo con las mayordomas y los danzantes de Villafrades en su segunda etapa. Archivo: R.G.P.

A pesar de ello tenía gran estima a esta cuadrilla de danzantes a los que también acompañó en la Romería de San Isidro y los concursos de arada de Valladolid. Con su buen repertorio de pasacalles condujo a los danzantes durante el largo desfile de los carros engalanados por el centro de la ciudad hasta la ermita. Pero lo mejor llegó durante la noche en el baile que se daba en el casino de Valladolid, como fiesta homenaje a la mujer labradora y concurso de trajes típicos castellanos. Tenía un cuarteto de buenos músicos el casino, pero en un momento de la noche sacó Galindo la dulzaina e hizo echar unos lazos a los danzantes. “…el casino se venía abajo por vernos danzar, con gente subida encima de la mesa para verlo, fue una gran noche” son palabras de Flaviano, el que también nos hizo llegar algunas melodías de pasacalles de este dulzainero.

Pasacalles de Galindo. Grabación realizada a Flaviano Gordaliza por Rafael y Marta Gómez:

Pero no sólo los testimonios nos llegan desde Villafrades. En Villacarralón hace unos años hicimos una entrevista a un grupo de mujeres mayores que también le recordaban con admiración, (los danzantes de Villacarralón hasta principios del siglo XX mantuvieron viva una danza muy interesante que les tocaba Galindo). Nos dieron fe de sus toques a la danza durante la fiesta y hablaron del salto del castillo que finalizaba con la danza de la culebra por las calles del pueblo; los lazos del Matarrunguero, la Virgen del Carmen, etc. (algunas llamaban cuartos); el pasacalles de la Riojanita  (una variante de la popular Peregrina) y la Redondilla del final del baile que no se acababa hasta que no salía a bailar una señora muy popular conocida por la Tia Gorda, que hasta entonces había permanecido vigilante y sentada en una silla en el centro del corro. Fue una bonita tarde recordando a Galindo.

Danzantes de VIllacarralón. Archivo R.G.P.

 Dicen que Galindo al final de sus días se pasaba horas enteras en el hospital viejo custodiando a los gigantones y gigantillas que tanto significaban para él y que custodió toda la vida.

Vaya esta pequeña reseña como homenaje a este gran dulzainero.

Gigantones de Villada. Foto: Guzman do Rego (1929).
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