Las aventuras como cazador de “Velay”
La caza de la liebre a caballo y con galgo
Aunque tarde, porque la pereza y la indolencia son actualmente mis fieles compañeras voy a trasladar aquí unas muy gratas impresiones de algunos días dedicados a la caza de liebres a caballo y con galgo.
Mi residencia, desde hace muchos años, está en Galicia, y de ella, Ferrol es el rinconcito en donde están concentrados todos mis más predilectos amores.
La caza de la liebre aquí no tiene, para mí, alicientes. Consiste en ir mateando con una constancia y paciencia digna del abuelo Job; y entre la rebusca del perro y los constantes sacudimientos con los cañones de la escopeta en los tojos, salta de tarde en tarde alguna liebre que proporciona una satisfacción de unos segundos, porque con sorpresa se encuentra y en lo que la sorpresa dura hay que disparar contra aquella. Por esta razón no tiene alicientes para mí la busca de las liebres en Galicia.
Donde los tiene y muy grandes es en mi país natal, en Castilla. Y por eso, cuando tengo ocasión de pasar unos días en mi pueblo, busco la oportunidad de cazar y correr las liebres tantos días como me es posible.

Hay en mi pueblo dos queridos amigos míos a quienes la afición domina por completo. A cualquiera hora del día o de la entrada de la noche hay la seguridad de encontrarlos juntos. De día, en el campo buscando liebres: de noche, preparando la cacería del día siguiente. Cada cual tiene una profesión distinta, que atienden como quieren o como su afición a la caza les permite. Claro está que ellos la atienden… pero la otra profesión, la de la caza, no la desatienden nunca.
No hago yo otra cosa que llegar a mi pueblo y ya saben Francisco Alonso y Alpiniano… que tienen un asiduo compañero para las excursiones.
Al amanecer, y a una hora convenida, salíamos del pueblo en dirección al punto elegido para la busca de las liebres. Años ha habido en que la abundancia de ellas ha sido grande. La temporada que ha terminado fue muy mediana debido, sin duda, a la sequía grande que hubo en Castilla. No obstante, cada día que salíamos corríamos liebres; y liebre que salía, liebre que llevábamos para casa.
Un día, festividad de Nuestra Señora del Rosario, salimos de madrugada camino de las viñas, suponiendo que por haberse terminado la vendimia habrían salido a las tierras las liebres que antes tenían su guarida en el viñedo. Y busca que te busca durante la mañana las liebres no parecían por ninguna parte. Pero comimos al pie de una reguera y cambiamos de itinerario aproximándonos al pueblo. Eran próximamente las cinco de la tarde. Las campanas de la Iglesia anunciaban que la procesión del Rosario recorría las calles del pueblo, Y este pueblo mío, sin ser santurrón y beato, es tradicionalista en sus costumbres de oír misa, asistir a las procesiones, etc. etc., y aún pudieran añadírsele algunos etcéteras más, todos tradicionalistas.
Desde el pueblo podían ver cómodamente nuestra cacería. Buscábamos con afán alguna liebre pegada a la tierra. Nuestros ojos se clavaban escudriñando entre los cantos de tierra que ocultan perfectamente a las liebres. Nuestro pensamiento estaba en aquello, abstraído por completo de los cánticos de la muchedumbre que formaba la procesión y que percibíamos perfectamente. Sin embargo, uno de nuestros compañeros, cuando caminábamos en dirección del pueblo, se inclinaba sobre el cuello de su caballo.
—¿Por qué te inclinas tanto, Alpiniano? le pregunté. ¿Qué reverencia es esa?
—Es que tenía que haber llevado esta tarde la pendoneta de la Cofradía de las Ánimas, repuso Francisco, y teme, sin duda, que le vean y vengan a buscarle. Además, le impondrán una multa por su falta de asistencia.
Al poco rato se nos agregó otro convecino, montado en un buen macho de labranza, llevando una galga joven, propiedad de un cuñado suyo, y que se nos había escapado a nosotros del campo por la mañana.
Pablo Hazañas, que este era su nombre (aunque no lo será su apellido) habla mucho, hace reír con sus cosas y con las que ha hecho, porque de chico, por lo visto, ha tenido la habilidad de volver las cosas del revés; porque la sangre no le consentía verlas del derecho. Y hablando de sus fechorías y de la preocupación de Alpiniano y de una carrera por el campo (ocultándose tras el malecón del rÍo) que inconscientemente le obligué yo a dar al siguiente día de mi llegada por haberme visto a distancia y creer que era un Guarda Jurado; en esta conversación pero sin levantar la vista del suelo vimos que Alpiniano, olvidándose de su preocupación, de la multa y aún de la pendoneta, paró en seco su caballo profiriendo un ¡acá está! que agrupó los galgos en su derredor. Y rápida como un rayo salió una hermosa liebre, que al verse acosada por cuatro galgos, sacudió las ancas y buscó su salvación fiada en la ligereza de sus patas. Pero la galga de Pablo Hazañas supo jugarle una vuelta y en ella se quedó con la liebre.
Ya nos habíamos estrenado. Jamás nos habíamos pasado casi el día sin levantar alguna rabona, y como a algo había que achacar la causa, Alpiniano cargaba con la culpa por no haber asistido a la procesión. Colgamos la liebre de la silla de un caballo y Francisco, director siempre (como más práctico) de las cacerías nos dijo que adonde estaba la una no faltaba la otra: y «¡a buscarla!, añadió, que nos estará escuchando.»
Y así fue. Sin duda por nuestra conversación o por las voces que dimos al aperrear la primera liebre, la compañera, como dijo Francisco, olió la chamusquina y emprendió una carrera loca antes que nosotros la viéramos en la cama.
Cuando Francisco la vio llevaba sobre nosotros una ventaja de doscientos metros. Pero este no pudo contenerse. «Ve allí va» gritó. Y al divisarla nosotros lanzamos los caballos a la carrera para ver si podíamos engalgarla Pero esto no era posible. A aquella distancia los galgos no la veían y se arremolinaban alrededor de los caballos sin saber a donde dirigirse. Alpiniano puso su caballo al galope para ver si podía alcanzarla y atajarla, y Pablo, que estaba delante, metió espuela a su macho que volaba por las tierras rodeado de todos los galgos. Francisco y yo presenciábamos las carreras de los dos compañeros, cuando de pronto oímos los ladridos de uno de los galgos y vimos al bueno de Pablo que hacía en el aire la pirueta más elegante y aplomada que podía hacer un refinado clow. El momento era crítico, cómico y espeluznante. Yo no sé lo que pasó por mí en aquellos momentos; solo sé que refrené mi caballo y, mirando para Francisco, solté, o soltamos al mismo tiempo, una estrepitosa carcajada.
Verdaderamente la aparatosa pirueta de Pablo era para morirse de risa. Al espolear a su macho para que le siguieran los galgos que le rodeaban y enfilar a la liebre para ver si la engalgaba, una de las galgas nuevas llamada «LAA» fue pisada por el macho, que, al oír el aullido del galgo, parose instantáneamente, rompiéndosele con la violencia la cincha de la silla y despidiendo al jinete a seis metros de distancia.
Cierto es que nosotros debimos haber acudido rápidamente en su auxilio, si lo precisaba; pero cierto es también que, sin saber por qué Francisco y yo no nos pudimos mover del sitio y nos partíamos de risa al celebrar el salto mortal dado impensadamente por nuestro compañero. Claro está que todo esto ocurrió en menos tiempo del que yo he tardado en referirlo. Y cuando quisimos acercarnos al caído, erguíase este con una ligereza impropia del golpe recibido, pasándose las manos por todo su cuerpo; y palpando con escrupulosidad a sus ingles doloridas, entre burlado y riéndose, exclamó: ¡collo! yo creí que me había quedado sin… ¡Pero, vaya una caída…!
Y la caída del amigo Pablo fue la conversación de la tarde, del día siguiente y de todos, porque realmente era para morirse de risa al recordar aquel salto mortal, que a un clow afamado se le hubiera aplaudido estrepitosamente. Y como a Pablo no podíamos aplaudirle, nos reíamos, él y nosotros, al recordarlo.
Me he detenido más de lo que pensaba en relatar este episodio de caza, y no vale la pena de volver otro día a molestar a los lectores de esta Revista refiriendo otros muchos, siempre de distinta índole, de los que conservo recuerdos agradables.
Quiero, sí, repetir que la caza de las liebres a caballo y con galgos que las persigan
a carrera tiene para mí encantos muy seductores. La seriedad que predomina en esa caza, llevando y guardando la mano sin perder línea; la vigilancia que hay que ejercer para que no quede la liebre atrás; su aplastamiento a la tierra, libre de matas y en terreno descubierto; el majestuoso: ¡acá está! Con que se advierte el descubrimiento de la liebre; el aperreamiento de los perros; sus carreras veloces, las jugarretas de que se valen las liebres para burlar la persecución, y, por último, las carreras a caballo persiguiéndolas, cortándoles su carrera, ayudando a los perros para que no se les pierdan u oculten en lugares inaccesibles a ellos, todo eso constituye para mí uno de los mayores encantos y alicientes que la caza proporciona al hombre.

Y Villafrades de Campos, pueblo de mi nacimiento, y mis queridos amigos Francisco Alonso y Alpiniano X (porque en este momento no recuerdo su apellido) son acreedores, aparte de otras muchas razones, a que yo conserve eternamente los recuerdos de tantas y tantas cacerías a caballo que constituyen para mí una esperanza de volver a repetirlas.
VELAY. Ferrol-Cabañas, Marzo de 1919.
(Publicado en la revista CAZA Y PESCA el día de abril de 1919)
