Doña Cuntis: una villalonesa inmortalizada en las gigantillas de Madrid

En el año 1967, el Ayuntamiento de Madrid, siendo alcalde D. Carlos Arias Navarro, decidió recuperar una comparsa de gigantes y cabezudos que se había perdido con el paso del tiempo. La elaboración de las figuras fue encargada a artistas falleros valencianos, entre los que se encontraba el reconocido Regino Mas. En total, se fabricaron ocho gigantes y seis cabezudos, que salieron por primera vez a la calle el 13 de mayo para celebrar el inicio de las fiestas de San Isidro.

Madame Pimentón forma parte de esta comparsa, compuesta por un buen número de personajes históricos o de figuras que representan arquetipos populares que tuvieron cierta relevancia en Madrid, como los chulapos Julián y Mari Pepa, La Latina, el alcalde de Móstoles, Manolita Malasaña, Mohamed I, la Arganzuela, el rey Alfonso VI, Lola la Naranjera, el Melonés, Cúchares, Luis Candelas, la Marizápalos, Francisquillo o la tía Javiera, entre otros.

Yucunda Conde, conocida como Madame Pimentón, es uno de los cabezudos: personajes que portan grandes cabezas y representan a la autoridad, encargados de abrir el paso a los gigantes y de entretener a los niños con sus bailes y piruetas mientras les arrojan caramelos.

En la década de los ochenta, Yucunda y sus compañeros dejaron de salir hasta el año 2010, cuando un grupo de jóvenes decidió crear la Asociación Comparsa de Gigantes y Cabezudos de la Ciudad de Madrid para rescatarlos del olvido y ponerlos en valor. Esta asociación es la que se encarga de su cuidado durante todo el año.

YUCUNDA CONDE MARTÍN (1852-1928)

Un siglo después de la heroína Clara del Rey, otra villalonesa será famosa en la capital de España. Yucunda Conde forma parte de esa extensa galería de personajes pintorescos que tanto fascinaban al dramaturgo D. José López Silva y formaron parte de su literatura periodística como colaborador en la revista de humor popular y costumbrista, Madrid Cómico, donde escribió algunos poemas de carácter satírico y castizo.

A la eminente diva Yucunda Conde

Ruiseñor con pelerina:
tu garganta peregrina
cuando trina me enajena;
es como el de la sirena
tu canto, porque fascina.

Tiene tu voz tal imán
que tras de los pliegues van
de tu esclavina incolora
los que te, oyen, ¡oh, canora
trovadora de mi afán!

No eres tú de esas cantantes
de estropajo y de soplillo
que se forran de brillantes
cantando cosas picantes
y moviendo el solomillo.

Tú lo grosero desdeñas,
y como tan sólo sueñas
con rendir al arte culto,
te empeñas… porque no enseñas
lo que debe estar oculto.

Deja que tu mano estreche,
fenómeno de mujer,
y ojalá que te aproveche
la ensalada de escabeche
que te acabas de comer.

                        José López Silva                                  

Yucunda —de quien se dijo erróneamente que aquel nombre se lo había puesto un novio de juventud— fue conocida en todo Madrid por distintos apodos: “Madame Pimentón”, “La Barrientos” o “La Musa del Café Gijón”. Fue uno de esos astros callejeros que iluminaban la ciudad, junto al pícaro general “Garibaldi” y al literato-limpiabotas “Cienhigos”, de quienes se decía que hablaban y escribían mucho mejor que los propios Azorín y Baroja. Eran figuras populares que decoraban el Madrid de finales del XIX y comienzos del XX, personajes que, junto a “Mendicuti”, “El ciego Fidel”, “La tonta de la pandereta” o “El tonto del bote”, parecían salidos de alguna pluma ilustre de la novela picaresca del Siglo de Oro.

NACIDA EN VILLALÓN DE CAMPOS

Facunda Conde Martín —Yucunda, según figura en su partida de bautismo— nació el 25 de noviembre de 1852 en Villalón de Campos. Era hija de Lorenzo Conde González, natural de La Vega de Almanza, a quien ella misma describía como general del ejército español. Es posible que su padre se encontrara en la villa como parte de la fuerza armada instalada en el antiguo convento de la Victoria cuando se declaró el estado de excepción y se cerraron las puertas para frenar el contrabando de productos portugueses. De su madre, Rosa Martín, sabemos poco, salvo que era natural de Toro. Antes de establecerse en Villalón, sus padres habían residido en Villafrechós, y fue ya en Villalón donde contrajeron matrimonio el 21 de enero de 1852, en la iglesia de San Miguel, recibiendo la bendición nupcial durante la misa.

Partida de bautismo de Yucunda Conde Martín. Iglesia de San Miguel de Villalón de Campos

Tras la muerte de su padre, cuando aún era una niña, se trasladó a Madrid para estudiar música. Allí obtuvo el primer premio de piano en el Conservatorio y también cursó estudios de canto, pues llegó a ser una pianista y tiple de cierto prestigio. Conocida en el ambiente artístico como “la hija del general desconocido”, recorrió España y parte de Europa hasta que perdió la voz a causa de una extraña enfermedad y, poco después, fue abandonada por su pareja.

En su juventud —aseguraban quienes la conocieron— era una mujer de figura muy airosa y se ganó la vida como corista en el Real durante varias temporadas. Ella misma afirmaba haber sido una tiple brillante, pero sostenía que la Pati (Adelina Patti) le tenía envidia, le hacía la guerra e influía en los empresarios de ópera para que no la contrataran. Sobre ambas existe un “coloquio de sombras” escrito por Antonio Zazoya en Mundo Gráfico, titulado Adelina Patti.– Cunda Conde (Madame Pimentón), donde fabula una conversación entre estas dos divas y sus respectivos escenarios artísticos.

Adelina Patti (1843-1919) Soprano madrileña

Destaca el concierto ofrecido por Yucunda Conde Ramírez —quien utilizaba el segundo apellido de su madre— en el Nuevo Casino de Castellón en 1891. En aquella ocasión, acompañada al piano por el maestro Joaquín Rocafort, interpretó obras de los compositores españoles Barbieri, Cereceda y Oudrid: la cavatina de tiple de la zarzuela Estreno de un artista; la romanza de Catalina de Los diamantes de la corona; la romanza de la Duquesa de Jugar con fuego; la romanza de Concha de la zarzuela Pascual Bailón; y la malagueña Nadie muere hasta que Dios quiere. Piezas nada sencillas que cantó con exquisito gusto y afinación.1Diario La provincia de Castellón 20 de octubre de 1891.

Anuncio de prensa 17 de febrero 1878

DE YUCUNDA A MADAME PIMENTÓN

Con el nuevo siglo comenzó su calvario. Dio clases de piano y conservó, durante un tiempo, una voz aún buena y afinada que explotaba para ganarse la vida recorriendo los cafés de la calle de Alcalá, Atocha, la Castellana y otros rincones de Madrid. Su afición a la bebida —“el aguardiente yo lo bebo para aclarar la voz”, solía decir— terminó por convertirla en “Madame Pimentón”, mote que, al parecer, le puso un reportero por el intenso colorete de sus mejillas. Acompañándose ella misma al piano, entretenía a los parroquianos con el cuplé del Bombero o La Regadera; el vals de Las Olas; o su preferida, la romanza de Margarita, Ven, Rodolfo, ven, por Dios. Conservaba aún frescos en la memoria el repertorio de zarzuelas y canciones de su pasado como tiple del Real.

Era una mujer de estatura más bien pequeña, menuda y de maneras elegantes. Peinaba su largo pelo negro en un cuidado moño, lucía en los dedos multitud de anillos de bisutería y vestía un traje que remataba sobre los hombros con una toquilla negra. Cantaba con discreción, sin mirar a nadie, como si se encontrara en el escenario de su gran teatro del mundo. Su estilo lo describe con acierto el periodista y aventurero Carlos Cruselles —poco antes de su célebre viaje en burro a París en 1906—: “Es infinitamente más intelectual que Rodríguez San Pedro. Su gesto despectivo lo dice; sus maneras, verdaderamente distinguidas, y su conversación amena y delicada, son el más puro testimonio de que esta señora nació en muy buenos pañales”.

Entre sus virtudes destacó siempre la caridad. De las limosnas que recibía, compartía una parte para socorrer a quienes consideraba aún más necesitados que ella. En una ocasión, al ver a una mujer pobre que tiritaba de frío en una cruda noche de invierno, se quitó su abrigo de astracán y la cubrió con él. Sin proponérselo, se había convertido en el personaje más famoso y querido entre las figuras callejeras que poblaban la gran ciudad.

Típicos personajes callejeros madrileños de principios del siglo XX

EL GRAN BANQUETE

En junio de 1910, un nutrido grupo de periodistas, escritores y dibujantes —con una comisión organizadora formada por José López Silva, López Monis, Jackson Veyán y Juan Baña, y con el apoyo de Madrid Cómico— decidió organizar un banquete homenaje a “Madame Pimentón” en el merendero Los Cipreses, similar al que poco antes se había dedicado a Garibaldi.

Entre los comensales se encontraban numerosos literatos, actores, escritores y admiradores de la genial artista. También asistieron algunas de las amistades que conservaba de sus tiempos dorados en los teatros.

Con el aforo completo del local, la popular cantante callejera se sentó al piano y ejecutó varias piezas con mucho talento. Después interpretó la romanza El Trovador, que tuvo que repetir en medio de una enorme ovación; el cuplé La Regadera; y terminó bailando un garrotín. La comisión organizadora le obsequió un mantón y un ramo de flores, que ella agradeció con estas palabras: “Público amado y señor: estas flores que me han regalado, como premio a mi modesto trabajo, os las ofrezco; repartíroslas, que yo tengo un sumo placer en obsequiar a mi público”. El público respondió con una gran ovación y, a continuación, se leyeron varias poesías en su honor.

A la heroína de la fiesta
DESAHOGO POÉTICO

En ti el pensamiento fijo,
con afán grande y prolijo,
aunque el ripio me taladre,
este brindis te dirijo
en verso, mal que te cuadre.

Tú del Arte las primicias
recoges con nobles fines,
y por las calles más ruines
haces, Madam, las delicias
de guardias y de adoquines.

 Salime yo una mañana
del sol al primer reflejo
y te vi, rosa galana,

en la Puerta segoviana,
pórtico del Madrid viejo.

Cabe la fuente cantabas
celestiales melodías
y…¡qué ladrona que estabas…!
¿Del rincón te sacabas
el cante que te traías?

La fuente, con sus rumores,
remedaba tus primores,
y al verte, con ceño adusto,
tres jóvenes aguadores
se derramaban de gusto.

Yo, que nunca improvisé,
ni en los banquetes canté,
hoy, fuera de mis casillas,
te improviso estas quintillas…
¡Jesús, María y José́!

¡Por ti me siento poeta…!
¡Por ti fuera yo cometa
por ir tras tu luz girando…!

Y, perdona que te meta
un ripio de cuando en cuando.
A esto homenaje tremendo,
de mi ardiente afán en pos,
que debo venir entiendo,
porque tú y yo somos dos;
tú cantando y yo escribiendo.

Por apurada que te halles
y por mucho que batalles
yo, que mi suerte maldigo,
pronto me veré contigo
cantando por esas calles.

Yo cantaré de tenor
el espíritu de amor,
y hasta el Espíritu-tuo,
¡porque si no te hago el dúo,

me haré otra cosa peor!

Preciso es que el hambre venza.
La pluma anda mal, señora,
y de Madrid á Sigüenza
yo cantaré sin vergüenza…
¡como he cantado hasta ahora!

Hoy, que un banquete te dan,
aquí está Jackson Veyán.
¿Qué gusto puede igualarse
con el gusto de tomarse
cuatro tintas con Madame

 ¡Hurra…! En pie los caballeros
que te admiramos sinceros
y brindemos sin protesta
los nobles y los pecheros
por la Reina de la fiesta.

¡Gloria á la excelsa matrona…!¡Gloria al jilguero con taima
que el Arte en Madrid abona…!
¡Si hay quien toque á esa persona
servidor lo rompe el alma!

José Jackson Veyán                            

Carta entornada

Ir no puedo, ¡oh, Gabaldón!,
a ese banquete genial…
Lo siento de corazón,
porque os va a faltar la sal
aunque tengáis Pimentón.

 Mas ya que no pueda ir
a esa comida, en persona,
si te quisiera decir
algo sobre la anfitriona
a quien hoy pensáis ungir.

No es una mujer divina,
mas es la tiple de esquina
que más alegre ha cantado,

y… aunque no es la Fornarina,
algo habrá fornarinado.

 No es mujer, como otras cien,
que tenga amores ligeros;
más quizá es cocot también,
pues ella ha nacido
en un bosque de COCOT… eros. 

En fin, por ella con fe
mi numen lírico estalla…
Y eso que de ella aún
no sé si es tiple,
triple, ó Cazalla… (aunque lo averiguaré).

Y basta de estas historias;
y a esa tiple do altas glorias
que a elogiar me comprometes,
dala, en mi nombre, memorias,
y…
no la deis más banquetes.

                                                                Luis de Tapia

¡Qué decepción!

Perdone la Comisión
que ha organizado el banquete
que madame Pimentón,
la popular visionette,
si formulo una objeción.

Que a la diva festejemos
es cosa que hallo completa;
merece que la admiremos… y
también que la compremos
a escote, otra manteleta.

La objeción que os quiero hacer
os pondrá sobre la pista.
Vine aquí por la mujer,
y no por la cupletista.

¡A ver si va a poder ser!

Y vine, porque contaba
con que, igual que la Chelito,
la Pimentón se rifaba,
y ahora veo que es un mito
la rifa que me encantaba.

Yo a esa rifa jugaría,
que dramática o jocunda
Madam da en un mismo día
algo de Cavalleria
y un poco de La Cachunda. 

Ya sabe la Comisión
en qué fundo la razón
de sentirme defraudado.
¡Porqué no se habrá rifado,
Dios mío, la Pimentón!
   

                            Luis Gabaldón

En las conclusiones del banquete, además de la entrega del ramo de flores y de una cantidad de cincuenta pesetas —sueldo asignado entonces a las estrellas de primera fila—, los asistentes solicitaron al Conde de Romanones la concesión de la Cruz de Alfonso XII para Madame Pimentón en reconocimiento a sus méritos artísticos.

También se organizó una función benéfica en el Royal Kursaal, que tuvo el aliciente de contar con la participación de la homenajeada. Yucunda ejecutó al piano varias composiciones de gran dificultad y cantó como solo ella sabía hacerlo —y muy bien, por cierto—, siendo ovacionada por el público que llenaba la sala. En esta ocasión fue obsequiada con valiosos bouquets y un espléndido regalo en metálico por parte de la empresa.

Facunda Conde Marín siguió exhibiendo durante mucho tiempo su perfil de diva en el escenario de las calles de Madrid, envuelta en su manto pardo y cantando delirantes baladas en los jardines públicos y en los bares de barrio. Su megalomanía la hacía sentirse todavía una figura destacada de la lírica. En una entrevista llegó a afirmar que, musicalmente, era hija de Emilio Visconti.

En sus últimos años, escuálida y ya sin voz, entretenía al personal con desvaídas danzas, hasta que poco a poco se fue recluyendo en su castizo barrio de Chamberí.

EL FINAL DE LA DIVA

“Madame Pimentón” falleció el 6 de febrero de 1928, en la habitación que tenía alquilada a Juana Expósito en la casa número 10 de la calle de las Virtudes. Los años habían convertido su diminuto cuerpo en un amasijo de huesos y la habían apartado de la vida callejera, pero conservaba el cariño de sus vecinos, que la llamaban afectuosamente “Doña Cundi”, diminutivo de su nombre de pila.

Calle de las Virtudes cuando falleció Madame Pimentón

Según cuentan las crónicas, el día anterior se retiró a casa sintiéndose algo indispuesta. A la mañana siguiente, al no salir de su alcoba, Juana entró y la encontró muerta sobre la cama. Avisada la autoridad por algunos vecinos, se presentó un médico de la casa de socorro, quien certificó su fallecimiento —producto de una neumonía— ante el juez José María Barrigón. La pobre Doña Cundi, que durante tantos años había hecho las delicias de los madrileños y había convertido la calle en su compañera inseparable, murió miserablemente olvidada en un mísero sotabanco. Con ella desaparecía también uno de los tipos populares más queridos por los madrileños.

Parte de defunción de Yucunda

Todos los periódicos locales, e incluso algunos nacionales, se hicieron eco de la noticia y, como suele ocurrir, quienes en otro tiempo se habían burlado de ella y la habían convertido en objeto de escarnio por su locura, le reconocieron entonces unas virtudes de artista que en vida nunca quisieron admitir.

Tan pronto como tuvo noticia del fallecimiento, la conocida cantante de ópera Conchita Supervía se apresuró a sufragar los gastos del entierro y adquirió una sepultura perpetua para Yucunda en el cementerio de la Almudena, donde fue depositado su cadáver.

Conchita Supervía

Madame Pimentón no solo alcanzó protagonismo y notoriedad en la prensa de principios del siglo XX, sino que también fue retratada en algunas obras de importantes escritores que la conocieron y se inspiraron en ella, como Rubén Darío, Pío Baroja, María Teresa León, Camilo José Cela y otros autores de la época.

Cerramos esta semblanza de Yucunda Conde, ese personaje singular al que los madrileños elevaron a la categoría de figura popular, con un interesante artículo de Joaquín de Entrambasaguas, escrito con motivo de haber inmortalizado a Madame Pimentón en uno de los cabezudos que hoy custodia la asociación Comparsa de gigantes y cabezudos de la ciudad de Madrid, entidad que vela por la conservación del folclore y de estas tradiciones festivas tan arraigadas en épocas pasadas.