La dulzaina: alma sonora de Castilla

Foto portada: Jesús García.

Escuela Tierra de Pinares de Aldeamayor de San Martín en el año de su 40 aniversario

Sorprendentemente, la dulzaina castellana, asociada principalmente a la música tradicional de Castilla, vive hoy un resurgimiento notable que la ha llevado a dejar atrás su antigua exclusividad rural y campesina. Históricamente ha estado vinculada a la cultura popular, a las fiestas tradicionales y a la identidad rural; al pastoreo, al rito agrario, a las cofradías, a las romerías y al conjunto de elementos que conformaban las costumbres y tradiciones de los pueblos.

Nuevas composiciones para dulzaina “TOQUES DE FIESTA” de Luis A. Fernández y Jaime Vidal, y audición de fin de curso en el conservatorio de Segovia interpretes Daniel Suárez y Ricardo Ramos (alumno y profesor de dulzaina del conservatorio de Segovia)


Tudel “NANO” y caña “GAB”

En sintonía con los cambios sociales, la dulzaina comenzó a llegar a las ciudades impulsada por el éxodo rural y el desplazamiento masivo en busca de nuevas oportunidades laborales, dejando atrás su carácter puramente tradicional para convertirse, en gran medida, en afición y pasatiempo. El oficio de dulzainero dejó de ser una actividad complementaria de humildes zapateros, albañiles o barberos. Hoy en día el instrumento se enseña en escuelas y asociaciones culturales, y ha logrado integrarse incluso en conservatorios, donde se imparte con metodología reglada, lo que ha permitido mejorar notablemente su afinación, su técnica y su presencia en nuevos contextos musicales.

El instrumento está en constante evolución, y los jóvenes constructores, siguiendo el rastro de Lorenzo Sancho, trabajan en la incorporación de nuevos materiales y tecnologías de construcción para mejorar sus prestaciones, ampliar su registro musical y adaptarlo a las exigencias de la música moderna. En los últimos años se ha avanzado notablemente en el desarrollo de modelos de cañas y tudeles que aportan potencia, resistencia y comodidad al ejecutante, permitiéndole un mayor control de los matices acústicos y una afinación más estable tanto en los graves como en los agudos.

Llegados a este punto, conviene echar la vista atrás y recordar de dónde venimos. Sería injusto olvidar a aquellos dulzaineros y tamborileros de quienes han llegado hasta nosotros melodías valiosas, hoy muy versionadas y fuente de inspiración para los maestros actuales; así como a los artesanos que iniciaron la “dulcificación” y transformación del rudo instrumento, ampliando sus posibilidades sonoras y contribuyendo decisivamente a su evolución.

“TIO LUIS”, el sastre de Matabuena, uno de los mejores dulzaineros castellanos, junto a su hijo Antonio.

Una de las principales razones para comprender el cambio que ha experimentado la dulzaina actual es estudiar su historia. Es fundamental que el joven dulzainero conozca que ya en 1889 el maestro Velasco presentó a los vallisoletanos una innovación en el instrumento con la que interpretó, en una céntrica calle de la ciudad, más de una veintena de piezas de música clásica, demostrando así la versatilidad y posibilidades de su dulzaina cromática. También resulta imprescindible recordar a Mariano Encinas, uno de los grandes dulzaineros, ganador de varios concursos antes de la Guerra Civil, que ideó un artilugio accionado mediante un alambre para suplir una deficiencia en una falange del dedo meñique de su mano izquierda.

Igualmente merece un lugar destacado la figura de Segundo Adrián y sus hijos Antonio, Domingo, Jesús y Ramón, los Adrián de Baltanás, casi todos ellos fallecidos durante la Guerra Civil, quienes formaban un cuarteto singular compuesto por tres dulzainas y una tenora.

Es valioso conocer algunas pinceladas del estilo y del repertorio. José Bernabé, Tratatí, y Teodoro Perucha, Pichilín, marcaron un nuevo modo de interpretar la dulzaina, conocido como estilo de la Rivera o de Peñafiel. Su repertorio era tan amplio que podían tocar bailes corridos durante más de cinco horas seguidas en Santa María de Nieva. Modesto Herrera, por su parte, integró con naturalidad la cultura local en la liturgia, interpretando su dulzaina en el interior de las iglesias junto a sacristanes y organistas. De él se conservan varias partituras de misas populares y pastorelas de Navidad compuestas en Torrescárcela.

Por otra parte, resulta fundamental comprender la dimensión globalizada que ha adquirido el repertorio. Un buen ejemplo son unas danzas punteadas recopiladas por Antonio Sánchez del Barrio de la señora Eloísa “la tamborilera”, conservadas en la Fonoteca Joaquín Díaz. Las ejecutaban los mozos de Baquerín de Campos a principios del siglo XX ante la imagen del célebre Beato Capillas, posiblemente procedentes del repertorio de los dulzaineros locales, los Torres. Estas danzas fueron recogidas por Eloy Herreras del maestro de danzas, el tío Repica, y llevadas después a su pueblo, Cigales, junto con algunos lazos. Eloy Herreras, padre de Eloísa, fue un excelente caja que acompañó durante años al dulzainero Baudelio de Blas en sus actuaciones por los pueblos de la Tierra de Campos palentina.

Conviene también que conozcan algo de la antigüedad del oficio, tan arcaico que ya hacia el año 1500 Juan Navarro, “tañedor de dulçayna”, y su hijo Martín, “tamborino”, vecinos de Soria, fueron contratados por Alonso, tratante y cristiano nuevo, vecino de Almazán, para festejar su boda. Al llegar y ofrecer la alborada a la pareja se encontraron con que el novio estaba dispuesto, pero sin novia, porque se la habían arrebatado.

Otro ejemplo significativo es el de Nicolás Martínez, “tocador de dulzaina”, enviado por el Ayuntamiento de Valladolid a Quintanapalla (Burgos) para acompañar con su instrumento la representación de la ciudad durante la boda real de Carlos II en 1679. Estos testimonios muestran la larga trayectoria del oficio y la relevancia social que la dulzaina llegó a tener en actos públicos y ceremoniales.

Conviene recordar también los años difíciles de la posguerra, cuando, como decía el amigo Librado Rogado, “llegaron las orquestas y lo echaron todo a perder”. El dulzainero se quedó sin trabajo porque las nuevas modas imponían músicas e instrumentos distintos para amenizar las fiestas de los pueblos, y surgieron entonces las orquestinas. Muchos intérpretes se vieron obligados a pasarse a otros instrumentos para poder sobrevivir y mantener su presencia en el ámbito musical popular.

Librado Rogado con el saxo en la orquesta Mar Azul

Es tal el caudal de datos e historias que, si intentáramos enumerarlos todos, su escritura ocuparía numerosos folios. Lo esencial es extraer aquello verdaderamente significativo y comprender el hilo conductor —la evolución— que enlaza los nuevos tiempos de la dulzaina con su pasado. Ese pasado posee un poder profundamente aleccionador, y por ello quiero cerrar esta breve reflexión incorporando un artículo que considero especialmente interesante sobre la figura del dulzainero antiguo. Fue publicado en un destacado semanario de amenidades editado en Barcelona por Montaner y Simón entre 1882 y 1916: La Ilustración Artística.

Sus artículos fueron redactados por notables escritores y acompañados por una interesante colección de grabados. En el tomo XXI, fechado el 1 de enero de 1902, aparece el artículo titulado Aires nacionales: La dulzaina castellana. Su autor es Alfonso Pérez Nieva, quien años más tarde sería ministro de Instrucción Pública y Bellas Artes en 1923 y 1925. La ilustración que acompaña el texto es obra de Narciso Méndez Bringa, destacado dibujante y pintor costumbrista de la época, cuya sensibilidad visual contribuyó a realzar la importancia cultural del instrumento.

Narciso Méndez Bringa (1868 - 1933) y Alfonso Pérez Nieva (1859 – 1931)